Marcovaldo
Italo Calvino
Editorial Siruela
Tapa dura
144 páginas
✶ MARCOVALDO:
Marcovaldo, ovvero le stagioni in città se publicó en 1963 por Giulio Einaudi en la colección "I libri per ragazzi", con ilustraciones de Sergio Tofano. Era una recopilación de veinte relatos breves escritos en un arco de más de una década: los primeros datan de comienzos de los años cincuenta, época en que Calvino los publicaba por entregas en L'Unità, el periódico del Partido Comunista Italiano; los últimos son de mediados de los sesenta.
El propio Calvino mencionó esa distancia temporal en una nota de autor que abría el volumen: los primeros relatos correspondían a una Italia muy pobre, los últimos a la Italia de la ilusión del milagro económico. La traducción al inglés de William Weaver se publicó en septiembre de 1983 por Secker & Warburg. En 1970, la RAI emitió una miniserie de seis episodios basada en el libro, con Nanni Loy en el papel protagonista.

✶ SINOPSIS:
El libro sigue a Marcovaldo, obrero no calificado de una ciudad industrial del norte de Italia que vive hacinado con su mujer Domitilla y sus seis hijos en un sótano. Marcovaldo tiene una sensibilidad aguda para los cambios del mundo natural pero ninguna habilidad para manejarse dentro del mundo urbano que lo rodea: detecta hongos que brotan en los bordes de los rieles del tranvía, sigue gatos callejeros hasta jardines secretos, duerme en bancos de plaza buscando el aire libre que le niegan las paredes de su departamento, caza avispas para curar el reumatismo de sus vecinos.
Cada empresa termina en fracaso o en equívoco, y ese fracaso sistemático es el motor cómico del libro. Los veinte relatos están ordenados por estaciones, primavera, verano, otoño, invierno, repetidas cinco veces, de modo que el conjunto cubre cinco años en la vida de Marcovaldo y traza simultáneamente el arco de transformación de Italia entre la posguerra austera y el consumismo del boom.
Calvino construyó el libro en la frontera entre el neorrealismo que estaba abandonando y la escritura de fábula que estaba desarrollando: los escenarios son precisos y reconocibles, los apuros de Marcovaldo tienen raíz material, pero los episodios escalan hacia lo absurdo con una lógica que se apoya más en la estructura del cuento popular que en la observación documental.
✶ CALVINO:
Italo Calvino nació el 15 de octubre de 1923 en Santiago de las Vegas, un suburbio de La Habana, donde sus padres, ambos agrónomos botánicos, trabajaban para el gobierno cubano. Su padre, Mario, había nacido en Sanremo y llegado a América Latina en 1909; su madre, Eva Mameli, era sarda, profesora universitaria y pacifista formada en lo que ella llamaba la religión del deber cívico y la ciencia. Calvino tenía dos años cuando la familia regresó a Sanremo, en la Riviera italiana, donde creció entre el laboratorio botánico de su padre y una biblioteca que sus padres esperaban que lo llevara a las ciencias naturales. Ese origen lo acompañó: la precisión descriptiva y el interés por los sistemas naturales son rasgos reconocibles en toda su obra. La adolescencia coincidió con el fascismo. Como miembro obligatorio de los Avanguardisti participó en la ocupación italiana de la Riviera francesa, pero en 1943 desertó y se incorporó a la Resistencia, combatiendo durante dos años en las montañas de Liguria junto a su hermano.
La experiencia de la guerra fue el material de su primera novela, Il sentiero dei nidi di ragno (1947), escrita mientras cursaba la carrera de Letras en Turín con una tesis sobre Joseph Conrad. Por entonces ya trabajaba como editor en Einaudi, la casa editorial que sería su hogar intelectual durante décadas, donde conoció a Cesare Pavese, Natalia Ginzburg y Elio Vittorini. Se afilió al Partido Comunista Italiano, del que se alejó en 1957 después de la invasión soviética de Hungría, y entre 1959 y 1966 codirigió con Vittorini la revista literaria Il Menabò.
La primera novela lo situó dentro del neorrealismo, pero Calvino abandonó pronto ese marco. En los años cincuenta produjo la trilogía fantástica que lo proyectó internacionalmente: Il visconte dimezzato (1952), Il barone rampante (1957) e Il cavaliere inesistente (1959), tres fábulas alegóricas que la crítica reunió bajo el título I nostri antenati. Paralelamente trabajó durante años en la recopilación de Fiabe italiane (1956), doscientas cuentos populares de toda la península que transcribió y clasificó por encargo de Einaudi, trabajo de campo que lo instaló en la tradición oral como referencia constante. En 1963 publicó Marcovaldo, y ese mismo año la novela La giornata d'uno scrutatore, que apareció a destiempo respecto de las corrientes en boga: mientras el Gruppo 63 reclamaba textos rupturistas, Calvino entregaba una novela sociológica y psicológica. El año siguiente viajó a Cuba, visitó la casa donde había vivido de bebé y conoció al Che Guevara. En La Habana se casó con la traductora argentina Esther Judith Singer, con quien tuvo una hija, Giovanna, nacida en Roma en 1965.
La muerte de Vittorini en 1966 lo afectó profundamente: habló de una depresión intelectual y dijo que con ese duelo dejó de ser joven. En 1967 se instaló en París, donde entró en contacto con el Grupo Oulipo, fundado por Raymond Queneau y François Le Lionnais, que exploraba la escritura bajo restricciones formales de origen matemático. Ese período parisino nutrió las obras de su llamada época combinatoria: Il castello dei destini incrociati (1969), Le città invisibili (1972) y Se una notte d'inverno un viaggiatore (1979). En 1980 regresó a Roma. En 1983 publicó Palomar.
En el verano de 1985, en Roccamare, sufrió un ataque cerebrovascular; murió el 19 de septiembre en Siena, en la víspera de su partida hacia Harvard, donde debía dictar las Charles Eliot Norton Lectures. Las cinco conferencias que había completado se publicaron póstumamente bajo el título Seis propuestas para el próximo milenio (Lezioni americane, 1988, en las que formuló los valores que consideraba esenciales para la literatura del siglo que venía: levedad, rapidez, exactitud, visibilidad y multiplicidad. La sexta, sobre la consistencia, quedó sin escribir.
Italo Calvino (1923-1985)
✶ VERANO: "Vacaciones en un banco del parque"
Cada mañana de camino a su trabajo, Marcovaldo pasaba bajo la sombra de la vegetación de una plazoleta arbolada, un cuadrado de jardín público recortado en medio de cuatro calles. Levantaba la mirada hacia donde el follaje de los castaños de Indias era más frondoso y solo dejaba pasar unos rayos dorados como dardos que caían en la sombra cristalina de savia. Escuchaba el ruido de los gorriones desentonados e invisibles en las ramas.
A él le parecían ruiseñores y se decía: «¡Oh, ojalá algún día pudiese despertar con el canto de los pájaros y no con los chillidos del recién nacido Paolino y los insultos de mi mujer Domitila!», o bien: «¡Si pudiera dormir aquí, solo, en medio de este fresco jardín y no en mi cuarto bajo y caluroso; aquí, en el silencio, y no con la familia roncando y hablando en sueños y el estruendo del tranvía en la calle; aquí, en la oscuridad natural de la noche, y no en la artificial de las persianas bajadas, rayadas de luz por los faros de los coches! ¡Ojalá pudiese ver hojas y cielo al abrir los ojos!».
Con estos pensamientos Marcovaldo comenzaba las ocho horas de trabajo —más las extras— de su jornada como mano de obra no cualificada. En una esquina del jardín, bajo la cúpula de un castaño de Indias, había un banco apartado y medio escondido. Marcovaldo lo eligió como suyo. En aquellas noches de verano, cuando no lograba conciliar el sueño en la habitación donde dormían los cinco, pensaba en el banquito como un mendigo sin techo puede soñar con un aposento real. Una noche, en silencio, mientras su mujer roncaba y los chicos pateaban en sueños, se levantó de la cama, se vistió y se fue a la plaza con su almohada bajo el brazo.
Ahí estaban la frescura y la paz. Saboreaba el contacto con las tablas de una madera —estaba convencido— suave y acogedora, del todo preferible al colchón apelmazado de su cama; miraría las estrellas un minuto y cerraría los ojos en un sueño reparador que borraría todas las fatigas de la jornada. La frescura y la paz estaban ahí, pero no el banco libre. Estaban sentados en édos enamorados mirándose a los ojos. Marcovaldo, discreto, dio un paso atrás. «Ya es tarde», pensó, «no pasarán toda la noche al sereno. ¡Ya acabarán sus arrumacos!». Pero esos dos no se estaban cortejando, estaban peleando. Y nunca se puede saber a qué hora terminará un pleito entre dos enamorados. Él decía:
—Pero ¿tú no quieres admitir que al decir lo que dijiste, sabías que me daría rabia en lugar de gusto, como pretendías creer?
Marcovaldo entendió que aquello iba para rato.
—¡No, no lo admito! —contestó ella, tal y como Marcovaldo esperaba.
—¿Por qué no lo admites?
—Nunca lo admitiré.
«¡Ay de mí!», pensó Marcovaldo. Con su almohada apretada bajo el brazo se fue a dar una vuelta. Fue a mirar la luna, que lucía llena, grande, sobre los árboles y los tejados. Regresó hacia el banco, dando un pequeño rodeo para no importunarles, pero en el fondo deseando fastidiarlos y obligarlos a irse. Sin embargo estaban demasiado enardecidos por la discusión como para darse cuenta de que Marcovaldo estaba allí.
—¿Entonces lo admites?
—¡No, no, no lo admito de ninguna manera!
—Pero ¿si admitimos que lo admitieses?
—¡Admitiendo que lo admitiera, no admitiría lo que quieres hacerme admitir!
Marcovaldo volvió a mirar la luna, luego fue a mirar un semáforo que estaba más apartado. El semáforo estaba en luz amarilla, amarilla, amarilla, encendiéndose y apagándose alternativamente. Marcovaldo comparó la luna y el semáforo. La luna con su palidez misteriosa, amarilla también, pero mezclado con algo de verde y azul; el semáforo con su vulgar color amarillento. Y la luna, tan serena, irradiaba su luz sin prisa, velada de vez en cuando por sutiles restos de nubes, que ella majestuosamente dejaba caer sobre su espalda; el semáforo por su parte, con su enciende y apaga, enciende y apaga, afanoso, falsamente vivaz, cansado y esclavo.
Marcovaldo regresó a ver si la muchacha lo había admitido: ni hablar, no lo admitía, de hecho ya no era ella quien no lo admitía, sino él. La situación había cambiado por completo, y era ella quien decía:
—Entonces, ¿lo admites? —Y él decía que no. Así pasó media hora. Al final él lo admitió, o ella, no importa, Marcovaldo los vio levantarse y alejarse cogidos de la mano. Corrió hasta el banco y se acostó en él; pero de pronto, quizás por la espera, ya no estaba en condiciones de sentir la suavidad que esperaba encontrar, e incluso la cama de su casa ya no le parecía tan dura en su recuerdo. Pero estas eran cosas de poca importancia, su intención de gozar la noche a cielo abierto era muy firme, hundió la cara en la almohada y se abandonó al sueño, un sueño como hacía tiempo no tenía.
Ahora había encontrado la posición más cómoda. Por nada del mundo se habría movido ni un milímetro. Solo lamentaba que al estar así, su mirada no accediese a la perspectiva de árboles y cielo, de manera que el sueño le cerrara los ojos ante una vista de absoluta serenidad natural, sino que delante suyo se alternaran, en escorzo, un árbol, la espada de un general desde lo alto de su monumento, otro árbol, un tablón de ordenanzas municipales, un tercer árbol y detrás, un poco más lejos, aquella falsa luna intermitente del semáforo que seguía irradiando su luz amarilla, amarilla, amarilla. Hay que decir que en los últimos tiempos, Marcovaldo tenía el sistema nervioso tan deteriorado que, a pesar de estar muerto de cansancio, bastaba cualquier insignificancia que se le metiese en la cabeza que algo le fastidiaba, para que no pudiese dormir. Y ahora le molestaba el semáforo que se encendía y se apagaba.
Estaba allá lejos, un ojo amarillo que parpadeaba solitario, no había por qué prestarle atención. Pero Marcovaldo tenía que encontrar la forma de extenuarse: fijaba aquella sucesión de enciende y apaga y se repetía a sí mismo: «¡Qué bien dormiría sin esa cosa! ¡Qué bien dormiría!». Cerraba los ojos y le parecía sentir bajo los párpados el enciende y apaga de aquella tontería amarilla; guiñaba los ojos y veía decenas de semáforos; los abría, y vuelta a empezar. Se levantó. Debía colocar una pantalla entre él y el semáforo. Fue al monumento del general y miró alrededor. Al pie del monumento había una corona de laurel muy recia pero ya seca y medio marchita, montada sobre dos varillas, con una gran banda descolorida que decía: «Los Lanceros del Decimoquinto en el Aniversario de la Gloria». Marcovaldo trepó por el pedestal, levantó la corona y la colgó en el sable del general.
El vigilante nocturno Tornaquinci, en su ronda, atravesaba la plaza en bicicleta: Marcovaldo se escondió detrás de la estatua. Tornaquinci había visto moverse en el suelo la sombra del monumento: se detuvo receloso. Escudriñó la corona en el sable, comprendió que algo no estaba en su lugar, pero no sabía bien qué era. Apuntó hacia arriba la luz de su linterna y leyó: «Los Lanceros del Decimoquinto en el Aniversario de la Gloria», sacudió la cabeza en señal de aprobación y se marchó.
Para dejar que se alejara el vigilante, Marcovaldo dio de nuevo la vuelta a la plaza. En una calle cercana, un grupo de obreros estaban colocando las agujas en los rieles del tranvía. De noche, en las calles desiertas, aquellos grupitos de hombres agachados tras el resplandor de los soldadores autógenos, esas voces que resuenan y enseguida se cortan, adquieren un aire secreto como de gente que prepara algo que los habitantes diurnos jamás deben saber. Marcovaldo se acercó, se quedó mirando la llama, los gestos de los obreros, con la atención un poco torpe y los ojos que cada vez se le cerraban más por el sueño. Buscó un cigarrillo en su bolsillo para mantenerse despierto, pero no tenía con qué encenderlo.
—¿Alguien me puede encender el cigarrillo? —preguntó a los obreros.
—¿Con esto? —dijo el hombre del soplete al momento de lanzar un vuelo de chispas.
Otro obrero se levantó, le tendió un cigarrillo encendido.
—¿También usted tiene turno de noche?
—No, yo trabajo de día —dijo Marcovaldo.
—¿Y qué hace en pie a esta hora? Nosotros dentro de nada terminamos.
Regresó al banco. Se acomodó. Ahora el semáforo estaba escondido a su vista; podría dormirse finalmente. Pero antes no se había percatado del ruido. Ahora, aquel zumbido, como un fuerte y estruendoso resuello a la par de una carraspera interminable y también de una crepitación, le llenaba los oídos. No hay sonido más estridente que el de la soldadura, una especie de grito a media voz. Marcovaldo, sin moverse, acurrucado en el banco, la cara apretada contra la arrugada almohada, no hallaba tregua. El ruido seguía evocándole la escena iluminada con la llama gris que despedía chispas doradas alrededor, los hombres acuclillados en el suelo con las gafas polarizadas ante el rostro, el soplete de soldador en una mano que parece movida por un vertiginoso temblor, el halo de sombra alrededor de la carretilla de las herramientas, el alto andamio que llegaba hasta los cables del tranvía; abrió los ojos, se dio la vuelta en el banco, miró las estrellas a través de las ramas. Los gorriones insensibles seguían durmiendo allá arriba entre las hojas.
Dormirse como un pájaro, tener un ala sobre la que descansar la cabeza, un mundo de ramas suspendidas sobre el mundo terrestre, que apenas se adivina en lo alto, mitigado y remoto. Basta comenzar a rechazar el propio estado presente para llegar no se sabe adónde. Marcovaldo necesitaba para dormir algo que no sabía con exactitud qué era. Ni siquiera un verdadero silencio le habría bastado ya; tal vez un ruido de fondo más suave que el silencio, un leve viento que pasa por la maleza compacta, o un murmullo de agua que corre y se pierde en el campo. Tenía una idea en la cabeza, se levantó. No era propiamente una idea porque estaba medio atontado por el sueño y no podía hilar bien ningún pensamiento, pero recordaba que por allí alrededor había algo relacionado con la idea del agua, con su fluir elocuente y suave. De hecho había una fuente cerca, insigne obra de escultura y de ingeniería hidráulica, con ninfas, faunos, dioses fluviales, que entrecruzaban chorros, cascadas y juegos de agua. Solo que estaba seca: en el verano, por las noches, dada la menor disponibilidad del acueducto, la cerraban.
Marcovaldo dio una vuelta por allí, poco menos que como un sonámbulo; más llevado por el instinto que por el razonamiento, sabía que una fuente debe tener una llave. Quien tiene buen ojo encuentra lo que busca hasta con ellos cerrados. Abrió la llave, de las caracolas, de las crines y de los ollares de los caballos salieron profusos chorros que enseguida ocultaron los falsos barrancos con mantos brillantes, y toda aquella agua sonó como el órgano de un coro en la gran plaza vacía, con todos los silbidos y chapoteos que puede producir el agua. Tornaquinci, el vigilante nocturno, que enfurruñado pasaba de nuevo en su bicicleta metiendo anuncios debajo de las puertas, al ver explotar de pronto frente a sus ojos la fuente como un líquido fuego de artificio, por poco no se cayó del asiento. Marcovaldo, tratando de abrir los ojos lo menos posible para no dejar escapar aquel hilo de sueño que parecía haber atrapado, corrió a tumbarse de nuevo al banco. En efecto, ahora le parecía estar en la orilla de un torrente, en el bosque; sí, dormía.
Soñó con una comida: el plato estaba cubierto para que no se enfriaran los alimentos. Lo destapó y vio una hedionda rata muerta. Miró el plato de su mujer, otra carroña de rata. Ante cada uno de sus hijos había roedores, más pequeños pero también medio putrefactos. Levantó la tapa de la sopera y vio un gato con las tripas fuera. La pestilencia lo despertó. A poca distancia iba el camión de la basura que de noche pasa por las calles vaciando los contenedores. A la media luz de las farolas distinguía la grúa que graznaba espasmódica, las sombras de los hombres de pie, encima de las montañas de desechos, que guiaban con la mano el recipiente colgado de la polea, lo vaciaban en el camión, aplastaban todo a palazos y con voces roncas y quebradas como las sacudidas de la grúa decían: «Levanta… Suelta… Maldita sea…». Se oían golpes metálicos como opacos gongs y después y volver a empezar la maniobra.
Pero el sueño de Marcovaldo se hallaba en una fase en la que no penetraban ruidos; y aquellos, a pesar de ser tan desagradables y chirriantes, se veían envueltos por un halo esponjoso que los amortiguaba, quizás por la consistencia misma de la basura amontonada en el furgón, pero la pestilencia lo mantenía en vilo, la pestilencia exacerbada por una intolerable idea de la pestilencia ante la cual incluso el ruido —aquellos sonidos amortiguados y remotos— y la imagen a contraluz del camión con la grúa no llegaban a su mente como ruido y visión, sino como pestilencia. Y Marcovaldo deliraba, persiguiendo en vano la fantasía olfativa de fragancia de jardín de rosas.
El vigilante nocturno Tornaquinci sintió la frente bañada en sudor al entrever una sombra humana que corría a cuatro patas por un parterre, arrancaba furiosamente unas francesillas para luego desaparecer. Pensó que se trataba quizás de un perro —que sería competencia de la perrera—, o de una alucinación —competencia del médico alienista—, o de un licántropo —no sabía bien a quién competería, pero no a él—, y se alejó. Mientras tanto, Marcovaldo regresaba a su camastro y se apretaba el maltrecho ramillete de flores contra la nariz, tratando de saciar el olfato con su perfume. Sin embargo, poco podía obtener de aquellas flores casi inodoras, pero ya tan solo la fragancia de rocío, tierra y hierba estrujada era un gran bálsamo. Se deshizo de la obsesión por la inmundicia y se durmió. Era el alba.
El despertar fue una repentina precipitación del cielo pleno de sol sobre su cabeza, un sol que de algún modo había borrado las hojas y las restituía poco a poco a su vista medio cegada. Pero Marcovaldo ya no pudo permanecer así porque un escalofrio lo puso en pie de un salto: el chorro de una manguera, de las que usan los jardineros municipales para regar, le empapó de agua su ropa. Y alrededor suyo escuchó el estruendo de los tranvías, los camiones del mercado, los carretones de mano, las furgonetas y los obreros en motocicleta que corrían rumbo a las fábricas. Las persianas metálicas de los negocios se levantaban precipitadamente, las ventanas de las casas subían las persianas y los cristales destellaban. Con la boca y los ojos resecos, atónito, con la espalda rígida y un costado molido, Marcovaldo salió corriendo a su trabajo.
FIN
Portada de Marcovaldo - Libros Del Zorro Rojo, edición ilustrada