Hombres sin mujeres
Ernest Hemingway
Editorial Marciana
2024
Tapa blanda, rústica con solapas
210 páginas
Traducción rioplatense (voceo) de Manuel Álvarez
Impreso en Buenos Aires (Argentina)
✶ CONTRATAPA:
Podríamos estar horas hablando de Ernest Hemingway, de lo que fue, de lo que todavía es. Un autor que, como dijo Alan Pauls sobre Borges, su némesis del siglo pasado por corpus y figura, no escribe una obra, escribe una literatura. La convoca. Ese Hemingway es, esencialmente, el primer Hemingway, el de los años veinte, cuando hace su irrupción y cambia el estilo de la prosa --más arquitectura que decoración--, no solo de su tiempo, sino para siempre. Los catorce cuentos de Hombres sin mujeres forman parte de esos años dorados en los que fundó un estilo, una técnica que trabajó hasta la pureza. Los hombres de Hemingway son lo que hacen, sí, pero no solo sus actos los definen, sino el principio que los mueve: el honor. Acá son toreros, boxeadores, soldados, extranjeros, hay hombres solitarios, borrachos, perdedores, atribulados, temerosos y, por acción u omisión, sin mujeres. En estos cuentos, Hemingway trabaja sobre los temas que ocuparían sus obras posteriores: las víctimas de guerra y sus heridas a cuestas, los deportes y la deportividad, la aridez del final, el miedo y la desilusión romántica, la relación entre hombres y mujeres y, sobre todo, la masculinidad --probablemente su gran tema, el que profundizó como ninguno--. El libro incluye El invicto, En otro país, Colinas como elefantes blancos, Los asesinos o Carrera de persecución, clásicos de Hemingway y su estilo minimalista, seco, pausado, de diálogos certeros y sutilmente expresivo, lleno de matices y sentidos ocultos. Como diría el narrador de Una historia banal: ahí había romance. Manuel Álvarez
✶ HOMBRES SIN MUJERES:
Men Without Women fue el segundo libro de cuentos de Ernest Hemingway publicado en Estados Unidos, después de In Our Time, y apareció un año después de la novela The Sun Also Rises. Charles Scribner’s Sons lo puso a la venta en Nueva York el 14 de octubre de 1927. La primera tirada fue de 7.650 ejemplares, a un precio de dos dólares, y debió reimprimirse antes de que terminara el año.
El volumen reunió catorce cuentos escritos entre 1924 y mayo de 1927. Diez habían aparecido previamente en revistas o publicaciones de circulación reducida. “Today Is Friday” se imprimió en 1926 como uno de los pequeños folletos de la serie The As Stable Pamphlets; “The Killers”, “A Canary for One” e “In Another Country” salieron en Scribner’s Magazine durante 1927; “Che Ti Dice La Patria?” apareció en The New Republic; “Fifty Grand”, en The Atlantic Monthly; “Hills Like White Elephants”, en la revista parisina transition; y “An Alpine Idyll”, en la antología anual The American Caravan. “Now I Lay Me”, “A Pursuit Race”, “A Simple Enquiry” y “Ten Indians” se publicaron por primera vez dentro del libro.
En una carta de 1927, Hemingway le preguntó a F. Scott Fitzgerald qué pensaba del título Men Without Women. Contaba que Maxwell Perkins, su editor en Scribner’s, le había pedido un título y que él había buscado posibilidades en la Biblia sin encontrar ninguna que lo convenciera. La correspondencia muestra que la fórmula surgió durante la preparación del volumen y no como designación previa de un proyecto narrativo concebido desde el comienzo bajo ese nombre.
La recepción fue inmediata y dividida. Dorothy Parker escribió en The New Yorker que se trataba de un libro magnífico y consideró “The Killers” uno de los grandes cuentos estadounidenses. Virginia Woolf, en cambio, admiró la rapidez y la firmeza de la escritura, pero encontró en el libro una exhibición demasiado consciente de virilidad y objetó el predominio del diálogo y la escasa variedad de sus procedimientos. Las dos reseñas aparecieron en octubre de 1927 y permiten ver que aquello que unos lectores reconocían como concentración y dominio técnico podía ser entendido por otros como sequedad o limitación.
Ernest Hemingway
La historia castellana del libro necesita distinguir entre la traducción de algunos cuentos y la edición del conjunto. La primera traducción de una obra de Hemingway publicada en España fue precisamente un relato de Men Without Women. “The Killers” apareció con el título “Los matones” en la antología 10 novelistas americanos, editada por Zeus en Madrid en 1932. En traducciones posteriores se lo llamó “Los asesinos”. El dato muestra que uno de los cuentos circulaba en castellano más de cuarenta años antes de que el volumen completo tuviera una edición independiente.
La primera traducción completa que pude localizar apareció en Barcelona dentro de Obras selectas II: Cuentos, reportajes, miscelánea, publicada por Planeta en 1974. Era un volumen de más de mil quinientas páginas que reunía distintas colecciones y escritos de Hemingway. Entre ellos figuraba Hombres sin mujeres, en traducción de Pedro Ibarzábal. No se trataba, por lo tanto, de un libro autónomo, sino de una sección dentro de una recopilación extensa de obras.
Tres años después, en 1977, Editorial Librerías Fausto publicó en Buenos Aires Hombres sin mujeres, traducido por Ricardo Piglia. Algunas referencias comerciales presentan esta edición como la “primera edición en castellano de la obra íntegra”. La fórmula resulta aceptable si se entiende como primera edición independiente del libro, pero no como primera aparición de todos sus cuentos traducidos, porque la versión incluida en las Obras selectas de Planeta es anterior.
Ricardo Piglia
Los catorce relatos no forman una serie narrativa continua, aunque algunos personajes y situaciones proceden de In Our Time. Nick Adams reaparece en “The Killers”, “Ten Indians” y “Now I Lay Me”. En el primero entra en contacto con una violencia que no puede detener: dos hombres llegan a un restaurante para matar al boxeador Ole Andreson, y cuando Nick intenta advertirle, encuentra a un hombre que ya ha renunciado a escapar. En “Ten Indians” atraviesa una decepción amorosa durante la adolescencia. En “Now I Lay Me”, convertido en soldado, evita dormir porque teme que su alma abandone el cuerpo y no consiga regresar. Los tres relatos corresponden a momentos distintos de una misma formación, marcada por experiencias que Nick comprende solo parcialmente.
La guerra se encuentra también en “In Another Country”. Un grupo de oficiales heridos asiste a sesiones de rehabilitación en un hospital de Milán, donde unas máquinas prometen devolver el movimiento a sus cuerpos. El narrador desconfía de los aparatos y observa al mayor italiano que ha perdido una mano. Cuando la esposa del mayor muere inesperadamente, el cuento desplaza el sentido de la herida: la mutilación visible deja de ser la única pérdida que importa. La conversación contiene lo esencial, pero aquello que los personajes no consiguen decir pesa tanto como sus palabras.
“Hills Like White Elephants” lleva ese procedimiento a uno de sus extremos más conocidos. Una pareja espera un tren en una estación española y discute una intervención médica que nunca se nombra directamente. El hombre insiste en que se trata de algo sencillo; la mujer intenta determinar qué ocurrirá con la relación después de la operación. El embarazo y el aborto permanecen fuera del vocabulario del diálogo, pero organizan cada frase, cada pausa y cada cambio de tema. La escena no exige descubrir un significado oculto único. Lo que deja a la vista es la diferencia entre las palabras tranquilizadoras del hombre y la presión que ejercen sobre la mujer.
Las relaciones entre hombres y mujeres tampoco desaparecen en “A Canary for One”. Durante un viaje en tren, una estadounidense explica que ha separado a su hija del hombre europeo al que amaba porque, según ella, los estadounidenses son los mejores maridos. Solo al final se sabe que la pareja que escucha la historia regresa a París para divorciarse. El canario que la mujer lleva como regalo pertenece al mismo sistema de decisiones tomadas por otros: una vida colocada dentro de una jaula bajo la apariencia de protección.
Los combates y espectáculos públicos proporcionan otra zona del libro. En “The Undefeated”, el viejo torero Manuel García intenta volver a la plaza pese al deterioro físico y la indiferencia de empresarios y espectadores. “Fifty Grand” presenta al boxeador Jack Brennan, que acepta perder una pelea y apuesta contra sí mismo, pero trata de evitar que una falta de su adversario altere el resultado convenido. Los dos cuentos observan hombres cuyo oficio depende del cuerpo y que continúan actuando cuando ese cuerpo ya no responde del mismo modo. Hemingway no los convierte simplemente en ejemplos de coraje. También muestra la intervención del dinero, los contratos y el público que consume su desgaste.
“Banal Story” vuelve al mundo taurino mediante un relato fragmentario sobre la muerte del torero Manuel García Maera. “An Alpine Idyll” combina la excursión de dos esquiadores con una historia grotesca acerca de un campesino que ha conservado durante el invierno el cadáver de su esposa. “A Pursuit Race” presenta a un corredor ciclista caído en el alcohol y las drogas. “Today Is Friday” imagina la conversación de tres soldados romanos después de la crucifixión. “Che Ti Dice La Patria?” sigue un viaje por la Italia de Mussolini, mientras que “A Simple Enquiry” construye una conversación ambigua entre un mayor italiano y su asistente. Este último cuento introduce dentro del libro una sexualidad que no responde a la división aparentemente anunciada por el título.
Ernest Hemingway
✶ INDICE
1- El invicto
2- En otro país
3- Colinas como elefantes blancos
4- Los asesinos
5- Che ti dice la Patria?
6- Cincuenta lucas
7- Una simple pregunta
8- Diez indios
9- Un canario para uno
10- Un idilio alpino
11- Carrera de persecución
12- Hoy es viernes
13- Una historia banal
14- Ahora me acuesto
✶ LOS ASESINOS (fragmento)
La puerta del restaurante de Henry se abrió y entraron dos hombres. Se sentaron en el mostrador.
—¿Qué van a pedir? —les preguntó George.
—No sé —dijo uno de los hombres—. ¿Qué querés comer, Al?
—No sé —dijo Al—. No sé qué quiero comer.
Afuera estaba oscureciendo. Las luces de la calle entraban por la ventana. Los dos hombres leían el menú. Desde el otro extremo del mostrador Nick Adams los observaba. Había estado hablando con George hasta que entraron.
—Yo quiero una costilla de cerdo con salsa de manzanas y puré de papas —dijo el primer hombre.
—Todavía no está listo.
—¿Entonces para qué mierda está en el menú?
—Eso es la cena —explicó George—. Puede pedirlo a partir de las seis.
George miró el reloj en la pared atrás del mostrador.
—Son las cinco en punto.
—El reloj marca las cinco y veinte —dijo el segundo hombre.
—Está veinte minutos adelantado.
—A la mierda con el reloj —dijo el primero—. ¿Qué tenés para comer?
—Puedo ofrecerles cualquier tipo de sándwiches —dijo George—. También puede pedir jamón y huevos, panceta y huevos, hígado y panceta o un bife.
—Dame croquetas de pollo con arvejas verdes y salsa blanca y puré de papas.
—Eso es la cena.
—Todo lo que queremos es para la cena, ¿eh? Así es como trabaja.
—Puedo ofrecerles jamón y huevos, panceta y huevos, hígado...
—Quiero jamón y huevos —dijo el hombre llamado Al. Llevaba un sombrero hongo y un sobretodo negro abotonado hasta el pecho. Su cara era pequeña y blanca y tenía los labios finos. Llevaba una bufanda de seda y guantes.
—A mí dame panceta y huevos —dijo el otro hombre. Era más o menos del mismo tamaño que Al. Sus caras eran distintas, pero estaban vestidos como mellizos. Ambos llevaban sobretodos demasiado ajustados para ellos. Estaban sentados inclinados hacia adelante, sus codos sobre el mostrador.
—¿Qué tenés para tomar? —preguntó Al.
—Cerveza sin alcohol y ginger-ale —dijo George.
—Te pregunté si tenías algo para tomar.
—Solo eso que dije.
—Este es un pueblo caluroso —dijo el otro—. ¿Cómo es que lo llaman?
—Summit.
—¿Lo escuchaste alguna vez? —le preguntó Al a su amigo.
—No —dijo el amigo.
—¿Qué hacen acá de noche? —preguntó Al.
—Cenan —dijo su amigo—. Todos vienen acá y cenan de lo lindo.
—Así es —dijo George.
—¿Así que pensás que así es? —Al le preguntó a George.
—Claro.
—Sos un vivo bárbaro, ¿no?
—Claro —dijo George.
—Bueno, no lo sos —dijo el otro hombre pequeño—. ¿Lo es, Al?
—Es un estúpido —dijo Al. Se volvió hacia Nick—. ¿Cómo te llamás?
—Adams.
—Otro canchero —dijo Al—. ¿No es un cancherito, Max?
—Este pueblo está lleno de cancheros —dijo Max.
De la traducción de Manuel Álvarez
Ernest Hemingway