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Descripción

Escrito con un nictógrafo

Arturo Carrera

Editorial Interzona

48 páginas

Incluye un CD de audio con fragmentos de la obra leídos por Alejandra Pizarnik.

Tapa blanda, rústica con solapas

 

? SINOPSIS:

El presente volumen es la versión facsimilar de Escrito con un nictógrafo, considerado por el autor, Arturo Carrera, su primer libro. La presentación del libro original, realizada en el Centro de Arte y Comunicación de Buenos Aires en 1972, estuvo a cargo de Enrique Pezzoni y luego se escucharon, en la oscuridad, los fragmentos del texto que acompañan esta edición, grabados por Alejandra Pizarnik. Los lectores de Arturo Carrera tendrán la oportunidad de oír esta versión enriquecida por la voz extraordinario de Pizarnik, lo que constituye (dado que la poeta no realizó otras grabaciones de poesía) un documento invalorable, único.

 

 

? ARTURO CARRERA:

Nació Coronel Pringles, provincia de Buenos Aires, 1948, es uno de los poetas argentinos más singulares y sostenidos de las últimas décadas. Su obra empezó a circular a comienzos de los años setenta, cuando publicó Escrito con un nictógrafo en 1972, y desde entonces fue construyendo un corpus donde la infancia, la memoria, la voz y la música del lenguaje aparecen como núcleos constantes.

Carrera escribió poesía, diarios y textos que empujan el poema hacia otros registros. Sus libros avanzan por series, con motivos que regresan con variaciones, nombres propios, escenas mínimas, y una atención sostenida a lo que se percibe, a lo que aparece y se borra. En títulos como Oro (1975), Arturo y yo (1983), La banda oscura de Alejandro (1994), El vespertillo de las parcas (1997), Children’s corner (1999), Tratado de las sensaciones (2002), Potlatch (2004) y La inocencia (2006), esa línea se vuelve reconocible: una poesía que trabaja con el murmullo, la imagen breve y el detalle afectivo, sin perder densidad.

Una parte importante de su producción quedó reunida en Vigilámbulo, proyecto de “poesía reunida” publicado por Adriana Hidalgo. La selección y el armado del volumen permiten leer continuidades, cambios de registro y también la forma en que su escritura se abre a lo narrativo y a lo ensayístico sin abandonar el pulso poético.

En 2014 recibió el Diploma al Mérito de la Fundación Konex en la categoría Poesía, quinquenio 2004–2008, reconocimiento que lo ubica entre las figuras centrales de la literatura argentina contemporánea.

 

 

? EL NICTÓGRAFO DE CARROLL:

Lewis Carroll, seudónimo de Charles L. Dodgson, inventó en 1891 un dispositivo para escribir en la oscuridad. Lo llamó “nyctograph” porque necesitaba anotar ideas que le aparecían de noche sin encender una lámpara y sin terminar de despertarse. Pensó el invento para su propio uso, pero también lo presentó como una ayuda posible para que una persona ciega pudiera escribir sin dictar.

El nictógrafo era una tarjeta rígida, a modo de plantilla, con una hilera de dieciséis ventanitas cuadradas. Cada ventanita funcionaba como un casillero que guiaba la mano. En cada casillero se trazaba un signo simple, hecho de puntos y líneas, parte de un alfabeto diseñado para entrar en esos cuadrados. La idea era escribir en la cama, a oscuras, casillero por casillero. Al día siguiente se pasaba el texto “a limpio”, traduciendo esos signos al alfabeto común.

El dispositivo de Carroll, más que un artefacto, fue en realidad una plantilla sencilla acompañada de un sistema de signos pensado para una escena concreta: escribir sin luz, rápido, antes de que la idea se pierda. Por eso el nictógrafo quedó asociado a la escritura nocturna, a lo que aparece entre el sueño y la vigilia, a una forma de registrar lo que no llega a fijarse del todo.

 

? LA NOCHE ESCRIBE - SEVERO SARDUY:

0.— “La contradicción se revela como la matriz de base de toda significación”. J. Kristeva.

I.— Al principio —à ceci près: que no hay principio— era el blanco: lenta espiral láctea, nudo de enanos nevados, hélice de semen. Franjas negras, playas carbonizadas lo rayaban, estratos de ónix. Al principio era la página: la veteaba la noche del tintero. Pocas letras: “Usa la tinta como si fuera oro”.

II.— Luego —pero todo es simultáneo—, su reverso quemado: superficie-rectángulo negro, cintas arrancadas. Negativas, las letras diurnas esplenden, las ausentes. Cubiertas de “arroz azul” —el semen, en chino—, las expulsadas nos miran.

III.— Ni negro sobre blanco, ni blanco sobre negro. No hay soporte. No hay figuras. Positivo y negativo, yin y yang, noche y día se evocan y sustentan. Los pintores de la dinastía Song y Franz Kline, de este otro lado, nos han dejado ver ese equilibrio. El ciruelo de invierno, la escarcha sobre las hojas, el puente quebradizo, las franjas sucesivas de la bruma y, más allá, en las quebraduras de un farallón, la cabaña de los mudos escrutadores del vacío, todo “forma cuerpo” con la frágil seda que se va desplegando, cascada sobre el muro. Las barras autoritarias, de asfalto, los signos negros, rápidos, gestos puros, escritos bailando, la traza nocturna —indescifrable teatro de sombras— dejada por Kline está en el mismo plano que el tejido blanco que parece soportarla.

IV.— Ni la afirmación (la figura, el motivo, la letra) de la negación (el soporte, la tela, la página), ni la negación de la afirmación, ni la afirmación de la afirmación, ni la negación de la negación...

V.— Escribiendo en lo oscuro, con su caja de hacer textos, infalible como las máquinas de Locus Solus, escribiendo en lo oscuro, iluminado sólo por la luz mortecina, cenicienta, de su Enana Blanca —la de pies de paloma—, Arturo Carrera nos muestra la galaxia negra, la que centra —cenit— el mediodía, su reverso: el día cegador de medianoche.

Severo Sarduy, Saint Leonard, 1971.